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martes, 4 de octubre de 2011

Restaurantes en guerra:Las trampas y engaños mas comunes para destruir a la competencia


ESCRACHARLOS EN INTERNET
Una de las cosas más habituales que hacen algunos restaurantes es subir su puntaje o bajar el de la competencia mediante comentarios en redes sociales, como Guía Oleo. “Muy rico todo, excelente la atención de Ricardo, volveremos”, dicen sobre sí mismos, como si nadie notara el bluff. “Un desastre, el pescado tenía olor muy raro y vimos una cucaracha en el baño”, escriben otros, tratando de arruinar la reputación de algún local cercano. A veces lo hacen desde la misma computadora (y por lo tanto, con la misma IP que los delata ante Guía Oleo, que borra sus comentarios), pero otras de forma más sofisticada, pidiéndole a varios amigos que dejen feedback desde su casa.


Otra práctica común, aunque legítima, es avisar que algún establecimiento dejó de funcionar. Se imaginarán que no son los dueños del fracaso quienes se contactan con la guía para decir que su restaurante ya no existe. Ellos están preocupados por ver cómo pagarán los juicios laborales y cómo liquidarán las máquinas de la cocina mientras se toman lo que queda de la cava. Los que llaman son los otros. La competencia del mismo rubro avisa apenas se entera, mientras los restaurantes de la misma cuadra mastican bronca porque pensaban recibir de rebote a los clientes que van a comer sin reserva y se encuentran con las puertas cerradas.


CONFUNDIR A SUS CLIENTES
Esta práctica se diversifica de acuerdo a la creatividad del saboteador. Es conocido el caso de los hermanos Hugo y Horacio Conzi, dueños de Las Olas Boulevard, famoso grill de Zona Norte, que varias veces le copiaron el logo a Kansas Grill (su máximo competidor) para mandar a imprimir folletos con combos baratísimos que en realidad no existían. Durante días, los repartieron por todo San Isidro y previsiblemente, Kansas estallaba de gente. ¿El resultado? Cuando los clientes pedían el famoso combo y los mozos les decían que no existía, se enojaban, y armaban un escándalo en el salón. Imagínense tener que explicarle a los clientes que eran volantes falsificados. Muy inverosímil. Hoy uno de los Conzi está preso por perseguir a tiros y asesinar a un cliente que se levantó a una chica que le gustaba a él. Al lado de eso, lo de los folletos parece un juego infantil.

Otra forma de confusión es la que aplica un restaurante de San Telmo, situado justo enfrente de una reconocida parrilla de la zona: contrató un anfitrión bilingüe para que se pase la noche en la vereda, robando clientes. ¿El método? Cada vez que para un taxi y se bajan turistas con pinta de desorientados, se acerca y les pregunta si tiene reserva. Si ellos dicen sí, los conduce hacia su salón. Los pobres turistas terminan pagando un dineral por cortes de carne medio pelo y preguntándose por qué todas las guías de turismo recomiendan esa parrilla.


INFILTRARSE EN SUS COCINAS
Ustedes habrán pensado que infiltrar personal en el restaurante de otro era de ficción, pero la realidad es que pasa bastante. Varios restaurateurs del ambiente reconocieron haber mandado a alguno de sus empleados a tener entrevistas de trabajo en la competencia para mirar la cocina y hacer preguntas (¿Cómo trabajan? ¿Qué volumen venden? ¿Cuánta materia prima compran? ¿Cómo es la brigada de la cocina?). En general, lo hacen mientras están en obra, un mes antes de abrir. Cuando por fin empiezan, ya saben los secretos de todos los restaurantes de la zona. Uno, que obviamente no quiso revelar su identidad, incluso reconoce haber logrado meter a su socio a trabajar en un afamado restaurante de sushi durante una semana entera para averiguar exactamente cómo funcionaba su competidor.


HACERLES CHISTES DE MAL GUSTO
Cortarle la luz a la competencia, robarse las plantas de la puerta, mandar una pareja a comer y a quejarse a los gritos en el salón, poner a alguien hablando por celular en la puerta de un restaurante diciendo que no vuelve más porque los vasos estaban sucios. Lo que ustedes se imaginen, por más infantil que sea, se está haciendo. Todas esas anécdotas nos las contaron de primera mano varios dueños de restaurantes en actividad en este momento.


A un famoso tenedor libre cercano al Teatro San Martín, durante algún tiempo alguien les mandó a dos gordos enormes a comer al mediodía para liquidarse todo lo que era caro del buffet. Los gordos comían hasta que no daban más y ahí fingían sentirse mal, estar a punto de desmayarse o con ganas de vomitar. En otro restaurante de los cines de Pilar, su competidor llegó a tirar bombitas de olor. Sí, bombitas de olor. Las mismas que se usaban para molestar al cuarto contiguo en el viaje de egresados cuando éramos adolescentes.


Otro restaurante más ambicioso, que estaba localizado en el edificio de un hotel, contrató varias parejas de extranjeros para que subieran y bajaran por los ascensores intercaladamente hablando maravillas de lo que habían comido en el restaurante. El truco funcionó bastante bien: se generó un boca a boca y mucha gente empezó a ir sólo porque los había escuchado decir que era la mejor comida que habían probado en sus vidas.


DENUNCIARLOS
Tres de las apuestas fuertes del gremio: bromatología, habilitaciones del gobierno y AFIP. Los restaurantes grandes, que recaudan fuerte también juegan fuerte, y aprovechan al inspector que viene a revisar sus instalaciones para soplarle unos cuantos nombres de competidores que tienen violaciones (falta de ventilación, de salidas de emergencia, baños sin el metraje adecuado), que no entregan factura o que tienen la mercadería exhibida de alguna forma prohibida. A veces, ni siquiera tienen que moverse de sus escritorios. Llaman al 0800-999-2347, el centro de denuncias de la AFIP varias veces y se sientan a esperar tranquilos. Según nos confiaron, saben que probablemente coimeen al inspector y sigan abiertos, pero también es verdad que no sólo perderán el dinero del soborno, sino que tendrán que arreglar el problema al saberse en la mira.


Un capítulo aparte fue lo que ocurrió con los restaurantes chinos en la década del ‘90. Fueron varios los que vieron a su clientela de toda la vida huir a estos tenedores libres que por seis u ocho pesos los dejaban comer hasta morir. En ese momento (y hoy también) fueron los mismos empresarios gastronómicos los que hicieron circular el rumor de que los chinos usaban carne de rata, que apagaban las heladeras, y un sinfín de historias médicas de gente muerta o intoxicada por comer ahí.


ROBARLES SUS EMPLEADOS
Mezcla de venganza con sabotaje, cuando un chef se va de un restaurante a otro es común que se lleve gran parte del personal con él. Algunas veces, porque trabajan juntos desde hace mucho y lo siguen. Otras veces, sólo para hacer escarmentar al empresario que por hace años lo obligó a bajar los costos, le retaceó materia prima, o no lo dejó poner en el menú los platos que él quería. Hace poco, entrevistando a un afamadísimo chef durante la fiesta de inauguración de su tercer restaurante, le preguntamos cuál era la diferencia entre la propuesta anterior y este lugar. El chef sonrió y dijo que ninguna. “Hasta el bachero es el mismo. A donde voy, vienen ellos conmigo”. El restaurante anterior, está de más decirlo, seguía abierto, pero el dueño tuvo que salir corriendo a buscar cocineros que pudieran aprender en pocos días todo el menú.


Otro dueño que tampoco quiso dar a conocer su nombre contó que hace unos cuantos años, sedujo al chef de la competencia con un sueldo muy bueno para que viniera a su restaurante, como reemplazo de jefe de cocina, que supuestamente había renunciado. Lo tuvo diez días trabajando, mientras la competencia se desesperaba, probando miles de candidatos que no parecían funcionar del todo. A la semana, reapareció el jefe de cocina. Nunca se había ido. Sólo estaba de vacaciones en Nueva York. El pobre chef fue despedido.


fuente: Facebook-Planeta Joy


YA NO SE PUEDE CREER EN NADA NI EN NADIE... NI SIQUIERA PARA IR A COMER A UN RESTAURANTE!!!


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sábado, 1 de octubre de 2011

El suceso del chipa:de la venta ambulante a los restaurantes de alta gama


CHIPA MAINSTREAM
El comienzo de la migración de la calle a los establecimientos gastronómicos ocurrió a mediados de los ‘90, cuando proliferaron los stands de chipacitos en shoppings, estaciones de subte y kioscos en ubicaciones estratégicas. Los pancitos, ya marcados, se terminaban de hornear en el momento y se vendían en bolsitas como si fueran pochoclos a precios más que accesibles; pero el resultado era más parecido a un puñado de bolitas de engrudo que a un tentador chipá con aroma a queso, por lo que el negocio del fast-chipá nunca terminó de despegar.


Los sobrevivientes de ese primer intento encontraron su lugar en los candy bars de la cadena de cines Cinemark, donde los chipás, muy mejorados, son hoy una especie de autóctono bastión de lucha, contra popcorns y confites importados. Eso sí, vienen en combo con gaseosas de máquina.


Con este precedente, y como sucede con todas las tendencias, las grandes cadenas de panificados y comidas rápidas aprendieron del error y, convencidas del potencial del pancito típico paraguayo, lo incorporaron a sus productos. Desde luego, lo que ponen a disposición de los amantes de la novedad no son las rígidas rosquitas envueltas en plástico de dudosa calidad higiénica, ni los bocaditos recalentados de los shoppings, sino una versión sabrosa, crocante por fuera y esponjosa por dentro.


Desde el año pasado, por ejemplo, forman parte del menú de la cadena El Noble. A $12 la docena, se elaboran con la reglamentaria harina de mandioca y queso reggianito, y son un favorito indiscutido, especialmente en los locales al paso como el del coqueto Paseo Alcorta. Tanto es así que la cadena redobló la apuesta y acaba de lanzar dos nuevas variedades que se sumarán al tradicional: cebolla y panceta.


Delicity es otra de las franquicias que se subió a la tendencia y ofrece, a $4,50, un chipá de buen tamaño, crocante y con intenso sabor a queso. Además de la horneada de la mañana, hay otra a la tarde, por lo que a eso de las 19 horas los locales se llenan de gente.


Pero sin dudas la prueba más clara de que alcanzó el status de cool es que aparece codo a codo con muffins de arándanos, carrot cakes y bagels en las vitrinas de los más de 30 locales que posee en el país la cadena Starbucks. El cartelito dice “pan de queso” pero se trata de chipá y, aunque su consistencia es bastante gomosa y no es uno de nuestros preferidos, sale siempre calentito a $4,50 la unidad.


CHIPA EN LA GONDOLA
Hay quienes dicen que un producto se hace verdaderamente masivo cuando llega al supermercado en forma de premezcla. Pasó con el bizcochuelo, la pizza, los ñoquis, los buñuelos de acelga, las tortas fritas y ahora le llegó el turno al chipá. El producto de Blancaflor promete, con sólo agregar huevos y agua, obtener 20 chipacitos. Si cumple o no, depende de cuán exigente sea el consumidor, y si bien el producto está muy lejos de la receta original, lo cierto es que los chipás son ricos y acompañan muy bien al mate. Entre la lista de ingredientes no figura el queso, pero sí la fécula o harina de mandioca y algunos saborizantes atinados. Se consigue a $10,90 en supermercados.


De todos modos, si la idea no es hacerlo en casa, Jumbo y Disco venden chipacitos en sus panaderías a $49,90 el kilo, tan codiciados por la clientela que se acaban en apenas unas horas.


CHIPA PARA EL TE
La sofisticación del chipá viene de la mano de profesionales especializados, encargados de refinar la receta y lograr un pan que se diferencie lo suficiente del que se consigue en la calle, como para costar más del doble del precio-canasta histórico de $2 y ser, además, atractivo para un público atento a las tendencias. Por esta razón, escuelas de gastronomía como el IAG lo incluyeron en el programa de sus cursos. ¿Qué contiene la preparación? Incluye manteca en vez de aceite, leche, distintas variedades de queso en más cantidad que la proporción clásica y un toque de jugo de naranja, típico en algunas regiones, que ayuda a que no se endurezcan rápidamente.


Lo cierto es que, reversionado o no, el chipá está bien presente en las meriendas que ofrecen varios delis y casas de té, maridado con cafés de blend intenso, tés ahumados –nunca frutales- y hasta licuados de berries y limonadas.


Un deli palermitano que los incorporó a su oferta de budines, sándwiches, wraps y bagels es Cusic (El Salvador 6016). Su dueña y chef, Ariadna Gutiérrez, es de Misiones y trajo con ella la receta. “Las chipas -en Misiones no se acentúa la a-, se hornean en el momento”, cuenta, “así que los más impacientes suelen llamar por teléfono y pedir que se los vayamos preparando, así cuando llegan ya están calentitas”. Se venden a $15 la docena, durante todo el día.


“Estamos en una etapa de volver a buscar sabores cotidianos y simples en la gastronomía, en los que se unan emociones, recuerdos, sabores y aromas”, explica Georgina Aguirre, de Bernaville Catering, que incluye chipás con cuatro tipos de queso diferentes en sus coffee breaks y brunchs ($60-70 por persona). “No importa el evento, las bandejas se vacían en minutos, ¡nadie se resiste!”, agrega.


Y como sucede con todas las modas gastronómicas, hay lugar para la versión naturista. El restaurante y panadería integral Arte Sano (Mansilla 2740) tiene chipás hechos con aceite vegetal en lugar de manteca (no todas las recetas la llevan, pero sí la mayoría). Se pueden consumir en el salón, o comprar para llevar a $4 cada uno, aunque hay que ser previsor: se terminan rápido y a última hora de la tarde solo quedan las migas.


CHIPA EN LAS PANERAS GOURMET
Pero sin duda, la coronación del chipá, aquello que lo coloca definitivamente en el podio de los panes gourmet es haber aterrizado en las paneras de los restaurantes. Ya son más de 20 los establecimientos de primera línea que eligen ofrecerlo a sus clientes. Por ejemplo Tô, uno de los restaurantes más fashion de la ciudad, los incluyó en sus paneras cuando inauguró su local en Recoleta (Av. Quintana 465).


En Plaza Serrano, Sans, bar de panes y cervezas (Serrano 1595) también los sirve en la panera, pero además se convirtieron en un clásico con muy buena salida. Se venden para llevar a un peso cada uno, están hechos con queso Mar del Plata y parmesano, y forman parte de la línea de panes de queso (los hay con harina de trigo además del chipá de mandioca) que se ofrece desde el primer día.


Pero el ejemplo más contundente del largo camino que recorrió el chipá desde sus comienzos en las rústicas canastas callejeras hasta su versión gourmet es su aterrizaje en una de las parrillas más lujosas de la ciudad: Cabaña Las Lilas (Alicia Moreau de Justo 515) que los incluye en su panera para acompañar sus carnes de alta gama.


QUE RICOS SON!!!! PUEDO LLEGAR A EMPACHARME DE COMER SIN PARAR, SON UNA DELICIA Y TENGO UNA AMIGA MISIONERA QUE LOS PREPARA COMO NADIE.
IMPERDIBLES!!


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